07.Agosto.2017
MAMÁ EN TIEMPOS DIFÍCILES
LA MALA CRIANZA Y LA EDUCACIÓN EMOCIONAL.
Por CLAUDIA MARTÍNEZ
CLAUDIA MARTÍNEZ
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Hace poco estuve platicando con uno de mis primos más jóvenes, padre de una bellísima niña de cinco años, y entramos en una fuerte controversia porque a pesar de su juventud sostenía que a los niños, desde pequeños, no hay que “malcriarlos” atendiendo todas sus necesidades y cumpliendo “sus caprichos”, dejándonos manipular por ellos, y además afirmaba que de cuando en cuando un buen manazo o una nalgada “a tiempo”, a nadie le hacen daño y ayudan a formar y a corregir el carácter.

Esa conversación me dejó girando mucho sobre qué tipo de sociedad somos, que prácticas de crianza hemos impulsado desde la tradición y la costumbre, y lo lejos que estamos de concebir a los niños somos sujetos de derecho, de aprendizaje y de vínculo.

Desde mi perspectiva, malcriar no tiene relación con atender las necesidades de los pequeños, consolarlos oportunamente, o no dejar que sufran episodios de stress tóxico…”Malcriar” es más bien no hacer caso a los niños, ignorar sus opiniones y reclamos de atención, no estar pendiente de sus necesidades emocionales o incluso, pensar que la mente de un bebé o de un niño pequeño puede ser tan retorcida como la de un adulto, y hacer o no hacer ciertas cosas con la deliberada intención de “manipularnos”.

Hoy todas las currículas escolares están recogiendo lo que las neurociencias, la psicología y el enfoque de derechos nos dicen desde hace mucho tiempo: que la educación emocional es un ámbito de trabajo necesario para garantizar el aprendizaje cognitivo de los niños, niñas y adolescentes.

Pero …¿y en la familia? La educación emocional debiera empezar en casa, precisamente en el trato y las relaciones que se establecen ente los padres y sus hijos.

La ciencia nos habla de que los bebés, por ejemplo, aunque sean atendidos en la dimensión física (alimentados, limpios, abrigados), pueden padecer un sufrimiento emocional que tiene su origen en factores como el miedo, la soledad o la sensación de desintegración o inseguridad. Y este sufrimiento se manifiesta de maneras diferentes de acuerdo con el temperamento o la personalidad de cada niño.

Así que los padres empezamos este proceso de la educación emocional entendiendo eso, aceptando que cada hijo es distinto del otro, haciendo un esfuerzo por entender esta realidad particular de cada criatura y sobre todo, asumiendo que hacer esto de ninguna manera podrá concebirse como “malcriar”.

Atender a nuestros niños rápida y eficazmente cuando lloran, consolarlos, proporcionarles contención física y emocional y nunca ignorarlos o minimizar sus necesidades, es un acto que dejará una impronta positiva en sus pequeños cerebros en proceso de maduración, es un acto de “buena crianza”.

Puntualizo algunos otros actos que yo considero de “buena crianza” aunque algunos de mis congéneres, e incluso algunos muy jóvenes como mi primo, piensen lo contrario: nunca dejar a los niños llorar por tiempo prolongado; siempre consolar, apapachar, abrazar y acariciar a nuestros hijos; estar presentes, entregados, atentos en mirada y escucha en los tiempos que compartimos con ellos; y sobre todo nunca, en ninguna circunstancia, aplicar el castigo corporal para “corregir” una conducta o comportamiento infantil.

La tarea de entender las emociones infantiles y “trabajar” con ellas, nos exige mucho a los adultos que rodeamos a los niños, padres y maestros. Requiere básicamente de mucha paciencia e intuición, y de un trabajo serio en la regulación de nuestras propias emociones.

Pero es importante pensar en serio en esto, pues si no atendemos esta dimensión de la vida desde el inicio, el día de mañana nos enfrentaremos a problemas de aprendizaje, conducta, interacción, rebeldía, baja autoestima, adicciones, etc., que podemos prevenir poniendo en práctica una buena crianza con educación emocional desde el principio. ¡Hasta la próxima!



 
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