La única forma de aprender a amar es siendo amado. La única forma de aprender a odiar es siendo odiado. Esto ni es fantasía ni teoría, simplemente es un hecho comprobable. Recordemos siempre que la humanidad no es una herencia sino un triunfo. Nuestra verdadera herencia es la propia capacidad para hacermos y formamos a nosotros mismos, no como las criaturas del destino sino como sus forjadores.
La agresión maligna no es instintiva sino que se adquiere, se aprende. Las semillas de la violencia se siembran en los primeros años de la vida, se cultivan y desarrollan durante la infancia y comienzan a dar sus frutos malignos en la adolescencia. Estas simientes se nutren y crecen estimuladas por los ingredientes crueles del medio hasta llegar a formar una parte inseparable del carácter del adulto. Los seres humanos heredamos rasgos genéticos que influyen en nuestro carácter. Pero nuestros complejos comportamientos, desde el sadismo al altruismo, son el producto de un largo proceso evolutivo con-dicionado por las fuerzas sociales y la cultura.
La violencia constituye una de las tres fuentes principales del poder humano; las otras dos son el conocimiento y el dinero. Estas tres fuerzas afectan nuestras vidas desde que nacemos hasta que morimos. La violencia cruel, sin embargo, es la forma más inferior y primitiva de poder, porque sólo se puede usar para castigar, para destruir, para hacer daño. El conocimiento y el dinero son fuerzas mucho más versátil es. Ambas se pueden manipular tanto para premiar como para sancionar.
El testimonio oficial más amplio y espeluznante de la agresión maligna lo encontramos en los anales de la propia civilización. El catálogo es tan extenso que a simple vista resulta difícil creer que el sadismo esté limitado a unos pocos depravados. Si repasamos los implacables sacrificios bíblicos, los aniquilamientos en masa de razas enteras, las guerras mundiales y otros conflictos nacionalistas y civiles modernos, es imposible escaparse al horror de las atrocidades que los hombres han cometido asiduamente los unos contra los otros.
La crueldad ha marcado la faz de la humanidad con cicatrices indelebles, ha impregnado nuestra identidad y ha configurado gran parte de nuestra historia. Los malos tratos en la intimidad del hogar, la esclavitud de los celos, la ruina de la violación sexual, el terror del crimen violento, el sadismo gratuito, la furia de la venganza y la autodestrucción desesperada nos azotan con machacona regularidad. A través de los siglos, niños, mujeres, ancianos, enfermos mentales, esclavos, grupos étnicos minoritarios, homosexuales, prisioneros de guerra y otros seres físicamente débiles o indefensos, han sido objetos seguros de ultraje, de explotación y de tormento.
La agresión sádica se produce sobre todo en situaciones de cautiverio, cuando la víctima, incapaz de escapar de su verdugo, es dominada por fuerzas físicas o psicológicas superiores. Esta condición se da con especial frecuencia dentro del recinto impalpable de la familia. En la complicada trama de las relaciones amorosas existen dos situaciones que evidencian con una dureza sorprendente cómo el amor y el odio se entrelazan en el corazón humano: me refiero a los celos y a la ruptura de la relación de pareja. Los celos son una experiencia universal cargada de violencia cuya base es la infidelidad, real o imaginaria, de la persona amada. Ante la amenaza de la pérdida de la pareja con un rival, el amante abrumado por la sospecha puede llegar a matar a su amada, al contrincante, o a ambos y, en algunos casos, incluso a suicidarse, para así evitar la separación en la vida o asegurar la unión en la muerte.
También las rupturas de parejas engendran casi siempre profundos sentimientos de odio. Al romperse la relación, tanto el que se va como el que se queda sufren una profunda amargura, una enorme decepción. Quienes se encuentran engañados por el cónyuge no pueden remediar sentirse además estafados por la vida. Conscientes del doloroso y humillante fracaso, muchos son impulsados por un insaciable rencor y buscan el desquite a toda costa. Por eso el divorcio se ha comparado con una guerra civil, en la que resulta increíble el grado de crueldad y de destrucción que tantos miembros de parejas rotas están dis-puestos a infligirse mutuamente. El motivo aparente de esta inquina suele ser la revancha, pero generalmente hay algo más profundo: se trata del amargo resentimiento que acompaña a la metamorfosis del amor en odio.
Hoy día, una forma de homicidio legal es la pena de muerte. Por lo menos seis personas son ejecutadas legalmente cada día en el mundo. En la actualidad, casi cien estados contemplan la pena de muerte en su legislación, y quince países la mantienen en caso de guerra. España acaba de suprimirla, en abril de 1995, en esta última instancia.
Saldar cuentas: el costo de la venganza`
La venganza es otro sentimiento eminentemente humano que posee la fuerza irresistible de un instinto, el ímpetu de una pasión irracional y primitiva que mina la convivencia. Sus consecuencias pueden llegar a ser tan crueles y degradantes como las herramientas mismas de los ajusticiamientos. Muchos hombres y mujeres, a pesar de padecer enormes privaciones, dedican su existencia a «saldar las cuentas». Algunos hasta dan la vida por este empeño.
La agresión entre las personas ha sido justificada con todo tipo de razonamientos: biológicos, psicológicos, sociales, económicos, culturales, filosóficos, políticos, militares y religiosos. Y, según la ideología predominante, ha sido interpretada como una necesidad irremediable, un pecado, un crimen, una enfermedad o un problema social. ¿Qué hay dentro de nosotros que nos mueve a hacer sufrir intencionadamente a nuestros compañeros de vida? ¿Qué nos empuja a torturar o incluso a quitarle la vida a un semejante?
Nuestra cultura ha construido una serie de tradiciones para justificar la agresión humana. Por ejemplo, el culto al «macho», la glorificación de la competitividad o el principio diferenciador de «los otros» que justifica la marginación de grupos considerados «diferentes». Estos pretextos para la violencia tienen profundas raíces en la sociedad e impregnan el carácter de las personas y las pasiones prevalentes de nuestra época.
Una nueva visión sobre cómo atajar la violencia ha brotado del campo de la salud pública. Los programas preventivos más efectivos son aquellos que van dirigidos a los pequeños durante los primeros doce años de edad, mientras existe la oportunidad de estimular el desarrollo de la compasión, la tolerancia, el sentido de autocrítica y la empatía.
Mediante campañas públicas, los medios de comunicación, especialmente la televisión, pueden contribuir a neutralizar muchas corrientes culturales promotoras de agresión y a borrar los estereotipos negativos de grupos marginados. También pueden informar sobre los peligros del abuso infantil, impulsar la igualdad entre los sexos y promover la dignidad de la persona, la piedad hacia el sufrimiento y el valor de la vida.
Debemos alimentar una cultura que fomente el crecimiento y desarrollo saludable de los niños, que neutralice las fuerzas sociales desestabilizadoras y que busque construir una convivencia más generosa, más justa, más ecuménica, más participativa y más esperanzadora. Necesitamos cambiar el modo de vemos y tratamos unos a otros. Porque el sufrimiento, el desperdicio y el coste humano que ocasiona la violencia son extraordinarios. Con todo, no podemos ignorar que los antídotos de la violencia más poderosos y universales son las tendencias altruistas naturales de los seres humanos. De hecho, el recha-zo de la violencia es uno de los atributos de la humanidad. La prueba de que la gran mayoría de los hombres y las mujeres no somos destructivos es que perduramos. Si fuéramos por naturaleza crueles y egoístas la humanidad no hubiera podido sobrevivir, porque ninguna sociedad puede existir sin solidaridad, sin que sus miembros estén continuamente ayudándose los unos a los otros.
No obstante, la creencia de que vivimos al borde del abismo, dominados por un gen de destrucción y de muerte nos ha marcado durante siglos. Pero esta visión tan pesimista, dura y engañosa de la humanidad es errónea e interfiere con la posibilidad de comprender y afrontar racionalmente el problema.. Tales avances y tendencias esperanzadoras debieran espoleamos para considerar la convivencia entre los seres humanos el objetivo supremo de todos nosotros, para poner fin a todas las formas de explotación y para impulsar el amor a la vida, la única fuerza que puede acabar con el deseo humano de destruir.
(*) Fragmento del prólogo de este texto del autor que nació en Sevilla, España y desde 1968, radica en N.Y., su obra puede encontrarse en línea.